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Fecha: Jueves, 25 de Febrero de 2010
Publicado por: leer.es

¡Chopiiii!

chopiii

Creo que era el curso 80-81. Fue un año helador, bastante más frío que este, y yo estaba destinado en Sigüenza, ciudad que, a más de medieval, comparte con otras ciudades castellanas la característica, como reza el tópico que me dijeron al llegar, de tener sólo dos estaciones: el invierno y la del ferrocarril.

En ese invierno semipolar, las clases, presididas por un gran taller con techo de uralita y lleno de tornos y obsoletas taladradoras verdes, grises y azules, nos calentábamos con cuanto objeto de madera —a veces sillas o pupitres viejos— alimentaba el fuego de un barril vacío de petróleo. Sus llamas formaban juegos de luces en las cristaleras, iluminando y oscureciendo un cerro gris en el que aparecían en el otoño, como un milagro, las setas de cardo.

Todas las mañanas tenía lugar el siguiente ritual: de Palazuelos, un pueblo cercano —bien bonito, por cierto— llegaba El Chopi, a la sazón portero de fútbol, agricultor y, en la actualidad, albañil. Diez minutos después, siempre con algo de retraso, en una motocicleta imposible, congelado por el viaje, bajaba desde Guijosa —otro hermoso pueblo con castillo casi derruido— un alumno, cuya respiración y absorción de velas eran los únicos indicios, una vez en tierra firme, de que seguía vivo. Entonces El Chopi le arreaba un cariñoso manotazo en el cuello que unía a este invariable saludo: “¿Qué pasa Picholín?” Miraba Picholo de lado, esbozaba como podía una sonrisa y, también invariablemente, respondía: “¡Chopiiii!”

Me costó lo suyo convencer al Chopi para que escribiera algo creado por él (con El Picholo nunca lo conseguí). Pero un día apareció con una hoja llena de tachaduras, de difícil caligrafía, peor ortografía y lamentable estado. Decía así:

LA NOCHE

Cuando el sol se esconde, lentamente,
por detrás de la vieja montaña,
un lápiz negro se ciñe sobre el amplio cielo.

La gente se retira, las farolas alumbran,
algunos pasean bajo las estrellas,
todo queda en silencio,
solo se oye el murmurar de la fuente
o el ladrido de algún perro.

Tan solo la luna alumbra la luna
sobre el ancho río.

La quiero coger, creo;
es una piedra que brilla sin cesar,
pero ella no se deja,
se esconde y sale,
como si jugase con las nubes.

En la noche clara por el resplandor de la luna
me limito a contemplar el universo,
el brillar de las estrellas,
su movimiento,
hasta que la inmensa estrella salga por el alto monte,
para alumbrar más .
y quitarme el negro manto que ciño.

Conseguimos publicarla en un periódico local para sorpresa e incredulidad del portero del “Palazuelos”. Pese al tractor, al yeso y al cemento, nunca ha dejado de escribir.

José Suárez Inclán

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Fecha: Jueves, 11 de Febrero de 2010
Publicado por: moderacion_leer.es

Se permite cantar, bailar y llorar.

Inauguramos con esta entrada una sección dedicada ala lectura de la poesía, a enseñar a leerla y a aprender a gozar de ella. De todo ello tratará a partir de hoy José Suárez-Inclán, profesor de lengua y de literatura

La poesía nos da un poco de miedo. A todos: a los profesores, a los alumnos, a los lectores en general; de cualquier condición y de cualquier edad. Y esto es un tanto incongruente porque desde niños, cuando aún no sabíamos lo que había en los libros —aquellos rectángulos extraños que se deshojaban— nos gustaba que nos cantaran canciones. Y que nos contaran cuentos. Unas eran puros poemas, otros llevaban distintas cargas de poesía. Claro que entonces nosotros éramos poetas, vivíamos en cierto cosmos poético, subjetivo, alejado aún de la normativa de sentimientos, pensamientos y deseos que la vida en sociedad había de imponernos. No sabíamos aún de las dificultades de ser libres. Seguramente es eso lo que nos atemoriza de la poesía: su libertad. El recuerdo escondido del mundo cantado, la osadía de sus palabras, su lenguaje niño, al que hemos vuelto la espalda con la disculpa de que es incomprensible. ¿Son comprensibles la risa, el amor, el dolor, el tiempo, la alegría, la tierra, la muerte…? Sí y no, como la palabra poética: están siempre presentes y siempre están escapándose. Sin embargo, tememos adentrarnos en el lenguaje lírico: absurdo, nada hay más gustoso y más humano que cantar, nada tiene mayor atractivo que cantar palabras. En medio mundo se llenan los teatros para oír recitales de poesía (desde luego en toda Latinoamérica). Y leer poesía es volver a la música, a la música del universo —como decía Borges— y a la música de nuestro universo. Para todo lector. También para los alumnos (si se hace bien, que no es difícil). Es una música muy agradecida porque es muy emocionante. Y muy corta. Un poema se lee entero en un periodo más que razonable. Y puede continuar resonando, hablando, por un tiempo muy largo; a veces, toda una vida. Pero ¿cómo no nos va a costar adentrarnos por estos cauces si, ya cuando yo era chico, se veía en los bares un cartel que ponía: “Se prohíbe cantar y bailar” ? Pues hoy los carteles han desaparecido: ya no hacen falta porque ya nadie canta. Hagámoslo nosotros. Volvamos a colgar los carteles: “SE PERMITE CANTAR Y BAILAR”. Y hasta llorar.
Mi intención es retomar viejos — a veces olvidados— placeres: volver a abrirnos a la hermosura de la poesía y a comprenderla mejor. Charlar con adolescentes, con sus profesores, o con cualquiera que decida internarse por los variopintos caminos de la lectura poética. Sin rigores académicos, rigideces metodológicas ni programas a seguir. Sin miedos, con alegría. Tomaré un camino de los muchos que surcan esta esfera: parte del amor y de la muerte, que es tema humano y poético esencial, y recorre en trazos rápidos, entresacando poemas, el largo trecho que va desde Homero a Valente, de Salomón a Evtuchenko, de las jarchas a los poetas que nacieron en estas tierras hace apenas medio siglo. En ocasiones iremos del brazo de otras artes plásticas.
Me presentaré: Me llamo José Suárez-Inclán, soy —obviamente— profesor de Literatura, y pretendo compartir y enriquecer una experiencia que hace ya años he puesto en práctica en las aulas y que en ocasiones ha rebasado la labor docente. Ojalá lo siga haciendo.

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